Durante años, el bosque y la granja fueron vecinos que se daban la espalda. La necesidad de leña y espacio para cultivos estacionales empujaba a los habitantes de Muyebe hacia la espesura de la selva nublada, mientras las lluvias de la temporada lavaban la capa fértil de las colinas desnudas. Twagirimana, al igual que sus vecinos, veía en el bosque un recurso que se agotaba o un obstáculo para su subsistencia. Sin embargo, la llegada de los nuevos árboles de las variedades Hass y Fuerte ha transformado esa rivalidad en una alianza silenciosa.

Al plantar estos frutales en las 30 hectáreas de tierras degradadas que rodean la reserva, las familias crean un cinturón de seguridad. Los aguacateros, con sus raíces laterales que se extienden con fuerza por los primeros sesenta centímetros de suelo, sujetan las terrazas agrícolas y evitan que el monte se desmorone. Para Erneste, el cambio es profundo: ahora comprende que cuidar el suelo de su finca es la única forma de asegurar que el bosque cercano siga enviando la humedad que sus cultivos necesitan.

En las horquillas de los árboles más altos de Busaga, el buitre sombrío construye sus nidos de ramas. Es una criatura tímida que, cuando se siente observada o entra en el cortejo, muestra cómo la piel desnuda de su rostro cambia de un rosa pálido a un rojo intenso. La supervivencia de esta especie, en peligro crítico de extinción, dependía hasta ahora de un hilo delgado: que nadie talara los árboles centenarios donde cría a sus polluelos.

La iniciativa liderada por Nature Rwanda y apoyada por BirdLife International ha entregado ya 7.500 de los diez mil árboles previstos. Al generar ingresos y madera fuera de los límites de la reserva, la presión humana sobre el santuario del buitre disminuye. Twagirimana y sus compañeros no solo están sembrando una futura cosecha de exportación, sino que están devolviendo la tranquilidad a un bosque que, por primera vez en mucho tiempo, ya no tiene que defenderse de quienes viven a sus pies.