El pocong es un señuelo del tamaño de un pulpo real, tallado en madera y envuelto en tiras de fieltro. En el folclore indonesio, el mismo nombre designa a un fantasma envuelto en su mortaja blanca. Los pescadores lo llevan hasta el fondo, a 15 o 20 metros, y allí lo dejan hacer su trabajo de engaño. Mahari es el ketua, el jefe del grupo, y quien decide cuándo ha llegado el momento.

Para orientarse en el mar no usan GPS. Leen las estrellas, el viento, el aire y las corrientes, un saber que se transmite desde muy temprano. Los pescadores recuerdan que a los niños bajau se los lleva al mar una semana después de nacer.

Los bajau, o sama-bajau, llevan siglos viviendo en asentamientos costeros de Indonesia, Malasia y el sur de Filipinas, y muchas generaciones anteriores vivieron a bordo de casas flotantes. Su relación con el agua llegó incluso al cuerpo. En 2018, un equipo dirigido por la genetista Melissa Ilardo publicó en la revista Cell que los bajau de Célebes Central tienen el bazo cerca de un 50 % más grande que sus vecinos de tierra adentro, los saluan. El bazo guarda glóbulos rojos cargados de oxígeno y los libera durante la apnea.

Durante años, sin embargo, muchos pescadores bajaron de otra manera: respirando el aire que un compresor les bombeaba desde la superficie a través de una manguera. Sin formación ni tiempos de descompresión, ese método expone a los buzos a la enfermedad descompresiva, que puede causar parálisis o la muerte. Los cuarenta hombres del grupo PELITA han dejado atrás ese riesgo y han regresado a la apnea.

Con el cambio de método vino también un cambio de mirada. El grupo cierra ahora dos o tres zonas de pesca durante varios meses, por turnos, para que el pulpo se recupere. La especie que suele pescarse en estas aguas del Indo-Pacífico, el pulpo diurno, crece deprisa y vive apenas un año, de modo que una zona en reposo puede repoblarse en poco tiempo. Estos cierres cortos y rotativos se ensayaron por primera vez en 2004 en Andavadoaka, en el suroeste de Madagascar, y desde entonces se han extendido a comunidades costeras de Indonesia y de otros países.

Hani Nusantari y Boen, codirectores de la Fundación Jari, acompañan a los pescadores en este trabajo. En tierra, las mujeres del pueblo fundaron en 2022 su propio grupo, Mujeres por la Conservación Marina. Y el pueblo acaba de aprobar un reglamento que pone por escrito algo que los bajau conocían desde antes: que el cuidado de su mar les corresponde a ellos.