El Ing. Carlos Jara, rodeado de estudiantes y familias rurales, cierra con este gesto un ciclo de investigación que comenzó en el año 2024. No se trata simplemente de plantar árboles, sino de restituir una identidad. El capulí (Prunus serotina), ese gigante de los Andes que llega a medir quince metros, ha sido el guardián silencioso de estos valles, proporcionando sombra, madera de grano fino y un fruto que marca el ritmo de las estaciones.
La tierra que recibe estas nuevas raíces guarda aún la memoria de las erupciones del volcán Tungurahua, cuyas cenizas, depositadas entre 1999 y 2016, alteraron la composición del suelo. En este sustrato de origen volcánico, el sistema radicular profundo del capulí cumple una función vital: anclar la tierra contra la erosión provocada por el viento y las lluvias, estabilizando las terrazas agrícolas que alimentan a la región.
El trabajo del grupo de investigación GITEA ha permitido mejorar genéticamente el material vegetal, asegurando que los nuevos árboles sean más resistentes y productivos. Para las familias de la zona, el beneficio trasciende la ecología. El fruto, cargado de vitamina C, es el ingrediente esencial del jucho, la bebida tradicional que celebra la cosecha durante el Pawkar Raymi en los meses de febrero y marzo.
Al final de la jornada, el brillo profundo y casi negro de la piel del capulí vuelve a vislumbrarse como una realidad cotidiana para los habitantes de Guano y Penipe. En la entrega simbólica de estas plantas, la ciencia se desprende de su abstracción para convertirse en una herramienta de dignidad rural, devolviendo al paisaje andino un habitante que nunca debió perderse.