La historia de esta destreza comenzó con su bisabuelo, Pantaleón Panduro, un escultor de origen indígena que en el siglo XIX asombraba a los transeúntes modelando retratos mientras ocultaba sus manos y el barro bajo un poncho. Aquella habilidad de capturar la esencia de un rostro en un instante convirtió al apellido Panduro en el pilar de la técnica del barro policromado en frío, una tradición donde la pieza, una vez cocida, se termina con pigmentos externos que respetan la porosidad del material.
Para Graciela, el proceso es un rito de paciencia que desafía la urgencia del mundo exterior. Cada figura, ya sea un médico o un maestro, debe descansar tres días a la sombra y otros tres bajo el sol de Tlaquepaque —cuyo nombre náhuatl significa precisamente "lugar sobre tierra de barro"— antes de enfrentarse al fuego del horno de adobe. Es una espera necesaria para que la humedad abandone la pieza con suavidad, evitando las grietas que el apuro suele imponer.
Sus obras, que hoy se encuentran en museos de Roma, Japón y Australia, nacieron de la observación silenciosa. Graciela comenzó a acercarse al barro a los cinco años, mirando cómo sus padres transformaban el material en el traspatio familiar. A los seis años realizó su primera venta, un pequeño Cristo, y desde entonces no ha dejado de dar forma a la materia. Hoy, mientras sus hermanos la ayudan en el taller, ella mantiene viva la intención de su bisabuelo: que el retrato sea fiel no solo a la vista, sino al carácter de quien es representado.
En un rincón de San Pedro Tlaquepaque, entre el calor de los hornos y el secado lento de las figuras, persiste una forma de entender la vida que se mide por la sensibilidad de las yemas de los dedos. Graciela no solo moldea arcilla; custodia la dignidad de un oficio que se niega a ser reemplazado por la producción en serie.