La tragedia de estos bosques no fue súbita, sino una asfixia lenta que comenzó hace más de dos siglos. En 1804, los administradores británicos introdujeron la Lantana camara como un adorno inofensivo en los jardines botánicos de Calcuta; en los años ochenta, la Senna spectabilis llegó para dar sombra a los cafetales. Estas plantas, extrañas al suelo indio, se propagaron con una ferocidad biológica que expulsó a las especies locales. La Lantana, en particular, vierte sustancias químicas en el suelo para impedir que cualquier otra semilla germine a su lado, creando un desierto verde donde los animales no encuentran alimento.

Frente a esta invasión silenciosa, la organización Forest First Samithi ha unido fuerzas con los pueblos originarios de los distritos de Wayanad y Kodagu. Los Kattunayakan y los Jenu Kuruba, que han habitado estas montañas durante generaciones, aportan ahora su conocimiento sobre la flora medicinal y alimenticia para revertir el daño. El esfuerzo ha permitido limpiar 247 acres de maleza exótica, transformando la madera de los árboles invasores en muebles para las aldeas, cerrando un ciclo de aprovechamiento humano de lo que antes era solo una plaga.

La restauración alcanza los Devakad, o bosques sagrados, que actúan como refugios críticos para la fauna y reguladores del ciclo del agua. El suelo de Wayanad, castigado por las lluvias monzónicas y propenso a deslizamientos como los sufridos recientemente, encuentra en las raíces profundas de los árboles nativos un anclaje natural que el asfalto o las plantaciones comerciales no pueden ofrecer. Al plantar especies de ribera a lo largo de 12 kilómetros de cauces, los trabajadores aseguran la salud del río Kabini, una arteria vital para el sur del subcontinente.

El olor acre de las hojas de Lantana trituradas se mezcla con el aire húmedo mientras el barro fino de los Ghats se adhiere a las uñas de quienes trabajan la tierra. No hay prisa en sus gestos, pues saben que la naturaleza requiere tiempo para sanar. Al proteger estos brotes durante sus primeros tres años de vida, los Adivasi no solo reconstruyen un dosel forestal; están recuperando el hogar de sus antepasados y asegurando que los ríos sigan fluyendo hacia el valle.