La búsqueda de esta criatura no comenzó en un gran buque oceanográfico, sino en los muelles donde los pescadores artesanales de la costa bonaerense descargan el melgacho, un pez de cuerpo aplanado y movimientos lentos. Allí, entre las redes y el olor a salitre, el equipo de Irigoitía recolectó las muestras que luego, bajo la luz blanca del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras, revelarían un secreto taxonómico. El parásito, bautizado como Acanthobothrium goleketen, ha sido elegido por el Registro Mundial de Especies Marinas como una de las diez criaturas más emblemáticas descubiertas en el último año.

Para otorgarle un nombre, Irigoitía no recurrió únicamente a los diccionarios de latín. Buscó la ayuda de la lingüista Ana Fernández Garay para bucear en la memoria de los pueblos originarios de la Patagonia. Eligieron el término goleketen, perteneciente a la lengua tehuelche, un idioma que perdió a su última hablante fluida en 2019. Al nombrar al parásito, los científicos han logrado que una palabra condenada al olvido vuelva a circular, esta vez vinculada para siempre a la biología de los océanos.

Este hallazgo ocurre en un momento de fragilidad para la ciencia argentina, donde los investigadores persisten en su labor a pesar de las presiones presupuestarias. Para Irigoitía, la descripción de una nueva especie es un acto de resistencia y de conocimiento: no se puede proteger aquello que no tiene nombre. El pez guitarra, anfitrión de este pequeño trébol biológico, se encuentra hoy en peligro de extinción debido a la pesca de arrastre.

Al final del proceso —que incluyó análisis genéticos, fotografías de microscopía y delicadas ilustraciones científicas— queda la imagen de ese pequeño organismo aferrado a la vida en la profundidad del mar. En su forma de cuatro hojas reside, simbólicamente, la persistencia de una lengua que se creía muerta y el rigor de un hombre que, en la soledad de su laboratorio, ha decidido que ninguna forma de vida es demasiado pequeña para ser ignorada.