Marruecos ha emprendido una reconstrucción minuciosa de su tejido escolar bajo la hoja de ruta iniciada por Chakib Benmoussa. Lo que antes era una red de escuelas satélite, a menudo precarias y desconectadas de los servicios básicos, se convierte gradualmente en un sistema de estructuras duraderas. Hasta la fecha, se han sustituido 4.851 aulas prefabricadas por edificios de obra, y cerca de 4.000 centros que carecían de suministro han sido conectados finalmente a la red de agua potable o dotados de depósitos propios.
La reforma no se ha limitado a la arquitectura de lo visible, sino que ha buscado corregir una exclusión histórica. En un esfuerzo por reconocer la dignidad de cada estudiante, 5.100 centros han sido adaptados con rampas y mejoras físicas para permitir el acceso a niños con discapacidad, integrándolos de manera efectiva en la educación pública general.
Este despliegue ha tenido que convivir con la urgencia. Tras el terremoto de Al Haouz en 2023, que dañó más de mil centros educativos, la respuesta institucional no se detuvo en la mera reparación. En las provincias más castigadas, la reconstrucción se ha alineado con el modelo de las Escuelas Pioneras, un método pedagógico que ya alcanza a miles de alumnos para asegurar que el aprendizaje sea tan sólido como los nuevos cimientos.
Con la llegada del invierno, el cambio se siente en el aire de las aulas. Se han instalado sistemas de calefacción en 2.814 escuelas, la inmensa mayoría situadas en zonas rurales, protegiendo del rigor del frío a unos 444.000 estudiantes. Allí donde antes la prioridad era simplemente resistir a la intemperie, hoy se puede, sencillamente, estudiar.