Alsayed fotografiaba para Associated Press desde la provincia de Idlib, la última gran zona en manos de las facciones opositoras. Sus créditos salían de Idlib, Sarmada, Atmeh y los campos de desplazados instalados entre los olivares junto a la frontera turca. Cubrió también el terremoto de febrero de 2023, que golpeó esa misma región. La distancia hasta la capital era corta sobre el mapa y absoluta sobre el terreno.
La exposición formó parte de Art Week Syria, fundada y comisariada por Line Kouwatli con el patrocinio de Artopia UAE, celebrada del 11 al 18 de septiembre. Participaron cuarenta y siete artistas sirios, entre ellos el fotógrafo Ammar Abd Rabbo y los pintores de la llamada Generación Apex: Nihad Al Turk, Abdul Karim Majdal Al Beik, Othman Mousa, Mohannad Orabi y Kais Salman.
Durante la última década, las grandes muestras de arte contemporáneo sirio se montaron en Dubái, Beirut o Londres. También la infraestructura comercial se marchó temprano: la galería Ayyam, abierta en Damasco en 2006 por los primos Khaled y Hisham Samawi, cerró su sede y trasladó sus operaciones al Golfo; la galería de Mouna Atassi, nacida en Homs en 1986, se convirtió en 2016 en una fundación con sede en Dubái. La conversación sobre el arte sirio siguió existiendo, pero fuera de Siria.
El lugar tiene su propia historia interrumpida. Massar fue proyectado como un centro de descubrimiento para niños, con una planta en forma de rosa damascena y muros como pétalos que dejan pasar la luz del sol filtrada. El mismo estudio firmó la Ópera de Copenhague y el Harpa de Reikiavik. Aquí, en cambio, quedó una estructura vacía en la calle Shukri al Quwatli, frente a un cauce del Barada que atraviesa el centro de la ciudad casi siempre seco, vaciado por las extracciones aguas arriba y los años de sequía.
No se convirtió en una sala pulida para la ocasión. Sigue siendo lo que es: un edificio sin terminar que durante una semana albergó cuadros y fotografías, y a un hombre mirando su propio trabajo en la ciudad donde no había estado nunca.