El equipo del Centro de Estudios de Conservación Tropical de Silliman University, junto con el Philippine Genome Center Visayas, identificó 24.531 genes. La cifra que importa, sin embargo, es más pequeña y más incómoda: la heterocigosidad de Abraham resultó ser de 0,17, muy por debajo del 0,3 que se considera saludable. Los biólogos Persie Mark Sienes y Robert Guino-o leyeron en ese número lo que los registros de pedigrí no habían sabido mostrar: los ciervos cautivos llevan décadas cruzándose entre parientes.

El programa de cría nació en 1990 con veintiún animales fundadores, en un acuerdo entre el Departamento de Medio Ambiente filipino y el zoológico de Mulhouse, en Francia. Veintiún individuos son pocos para sostener una especie durante treinta y seis años, y el genoma lo confirma con una precisión que ningún libro de apareamientos podía ofrecer.

Hay un dato que cambia el tono. Entre los animales analizados apareció un alelo poco frecuente en un ejemplar sexualmente activo. Si se lo cruza con criterio, esa variante podría devolver algo de amplitud al acervo genético. Es una oportunidad concreta, no una promesa.

La especie fue descrita en 1870 por Philip Lutley Sclater, a partir de un ejemplar que le envió el príncipe Alfredo, duque de Edimburgo. Durante más de un siglo se la tuvo por subespecie de otros ciervos mayores, hasta que Peter Grubb y Colin Groves la reconocieron como especie propia en 1983. Para entonces ya había desaparecido de Cebú, Guimarás, Leyte, Masbate y Sámar. En abril de 2009, una expedición en Panay recuperó pruebas físicas de animales silvestres tras más de veinticinco años sin confirmación científica.

Con el genoma en la mano, los investigadores planean reanudar los intercambios de ejemplares entre los tres centros filipinos —CENTROP, el Mari-it Wildlife and Conservation Park y el Negros Forest Park— y ensayar la mezcla de animales cautivos y silvestres en las 300 hectáreas de la Reserva Natural de Bayawan. Ya no elegirán por árbol genealógico, sino por lo que dice el ADN.