Durante el trayecto, la pasajera le había contado cómo había llegado a su coche. Iba a un concurso público en la Universidad del Estado de Santa Catarina, y un amigo, también ciego, le había pedido el viaje para que llegara a tiempo. Dos personas que no podían comprobar la dirección con sus propios ojos habían confiado en que el sistema los llevaría al lugar correcto.

El sistema falló. Sautner podía haber detenido el taxímetro y seguir con su jornada, porque formalmente había cumplido con su trabajo. Prefirió comprobar dónde se celebraba de verdad la prueba y descubrió que a la pasajera la habían enviado a una dirección equivocada. Cambió la ruta en ese mismo momento y la llevó al lugar correcto antes de que empezara el examen.

En Brasil, ese margen de tiempo puede decidir el resultado. En un concurso público, la prueba escrita con la que se cubren los puestos de la administración y de las universidades públicas, los candidatos deben estar en la sede antes de que se cierren las puertas a una hora fija. Quien llega tarde queda fuera, sin importar cuánto haya estudiado.

Según los datos del censo publicados por el IBGE, la dificultad para ver es la limitación funcional más frecuente en el país. Las normas de los concursos federales tienen en cuenta a estas personas: permiten pedir cuadernillos en braille, programas de lectura de pantalla, tiempo adicional o un ledor, una persona que lee las preguntas en voz alta y anota las respuestas. Pero ninguna de esas ayudas sirve de algo si la candidata no llega a la sala.

Sautner contó después lo que había pasado, y su relato se incluyó en «100 Historias Inusitadas de Motoristas Uber», un libro que reunió Marlon Luz con historias que los propios conductores enviaron a través de su canal de Telegram.

No se sabe cómo le fue a la pasajera en el examen. Lo que sí se sabe es que pudo presentarse, porque un conductor miró un edificio vacío y se preguntó si ella de verdad tenía que estar allí.