En ese margen, Paula Mangini y sus colegas tomaron muestras de sangre, implantaron microchips, colocaron collares de radio y aplicaron las dosis. Eran dos machos y una hembra, capturados en la restinga, el bosque bajo y arenoso de la Mata Atlántica que cubre la isla. Junto a la veterinaria trabajaban investigadores de campo de la SPVS (Sociedade de Pesquisa em Vida Selvagem e Educação Ambiental) y un equipo de Bio-Manguinhos, la unidad de la Fundación Oswaldo Cruz que fabrica la vacuna en Río de Janeiro.
Mangini recuerda sobre todo el momento en que despertaron. Los animales se aferraron a las ramas y saltaron de vuelta al bosque.
La ciencia conoce a este primate desde hace poco. Las biólogas Maria Lúcia Lorini y Vanessa Guerra Persson lo describieron en 1990, tras encontrarlo en esta misma isla. Es una de las cuatro especies de mico-león, todas exclusivas de la Mata Atlántica brasileña, y la única que no tiene una población de respaldo en cautiverio. Sus grupos duermen en huecos de los árboles y se mueven entre la restinga y los pantanos de caxeta. En los años cincuenta, la apertura del canal de Varadouro partió su territorio y dejó a las poblaciones separadas entre São Paulo y Paraná.
Lo que se busca evitar ya ocurrió en otro lugar. Entre 2016 y 2018, un brote de fiebre amarilla atravesó el sureste de Brasil y mató a miles de monos aulladores. Los micos-león-dorados de Río de Janeiro pasaron de unos 3.700 en 2014 a unos 2.500 en 2019. Esa pérdida llevó a la Associação Mico-Leão-Dourado y a Fiocruz a vacunar a esos animales a partir de 2021. En Superagui, donde los ejemplares se cuentan por cientos, un brote parecido podría acabar con la especie en una sola temporada.
Por eso el programa quiere repetir la vacunación en otros grupos y, más adelante, formar una población de seguridad en cautiverio. Tres animales vacunados no protegen todavía a la especie. Pero ahora llevan collares de radio, y las señales que emiten desde la restinga permitirán al equipo seguirlos.