Desde 2019, Joel coordina la School Food Forest Initiative en el distrito de Kalangala. El paisaje de estas ochenta y cuatro islas ha cambiado drásticamente desde finales de los años noventa, cuando el avance de las plantaciones de palma aceitera comenzó a desplazar los bosques secundarios. Lo que antes era un mosaico de biodiversidad se convirtió en una extensión de monocultivo, alterando no solo el ecosistema, sino el vínculo de las nuevas generaciones con su entorno natural.

La respuesta de Joel no fue la protesta abstracta, sino la pedagogía del gesto. Al establecer viveros en los terrenos escolares, ha convertido a los estudiantes en guardianes de especies indígenas, árboles frutales y plantas medicinales. Estos huertos de agroforestería funcionan como aulas vivas y, al mismo tiempo, aseguran una fuente de alimento directo para los alumnos, demostrando que la tierra puede ser generosa sin ser esquilmada.

La reciente incorporación de esta iniciativa a la red del Global Landscapes Forum (GLFx) marca un cambio de escala. Ana Yi Soto, coordinadora de la red, entiende que al sumar a Kalangala junto a otros proyectos en Etiopía, Kenia y Madagascar, se rompe el aislamiento de las comunidades locales. Para Joel, esta alianza es la oportunidad de que el conocimiento acumulado en las islas gane visibilidad en conferencias globales, permitiendo que la experiencia de un niño ugandés que cuida un plantón resuene en otros territorios amenazados.

Hay una dignidad profunda en la elección del Mutuba (Ficus natalensis) para estas escuelas. Sus raíces estabilizan el suelo contra la erosión de las lluvias estacionales y su corteza, tratada con mazos de madera, da vida a tejidos tradicionales. Al plantar estos árboles, los niños de Kalangala no solo están fijando carbono en el suelo; están recuperando una herencia que el aceite de palma no ha podido borrar.