El profesor Mauro Ferrari, director científico del encuentro, ha desplazado el eje de la robótica hacia un terreno puramente humano: la infancia en su etapa de desarrollo. Lo que antes era una muestra generalista de ingenio mecánico es ahora un espacio centrado en la discapacidad. En este recinto, las asociaciones de familias no son meras espectadoras, sino arquitectas de la experiencia, colaborando con ingenieros para diseñar juegos donde la distinción entre el niño con plenas facultades y el niño con dificultades motoras o cognitivas se desvanece a través del silicio.
La sombra de Franco Mosca, el cirujano que realizó la primera operación robótica en Italia, preside este cambio de rumbo. Su legado de precisión quirúrgica se traduce ahora en una sensibilidad que busca devolver la autonomía a través de exoesqueletos y prótesis diseñadas no como herramientas frías, sino como extensiones de la propia voluntad. Es la técnica que renuncia a su arrogancia para ponerse a la altura de la mirada de un niño.
En los laboratorios instalados bajo la arquitectura racionalista del centro, los investigadores de la Escuela Superior Sant’Anna y la Fundación Stella Maris observan cómo los pequeños interactúan con gimnasios robóticos sensorizados. No es una terapia impuesta, sino un diálogo mediado por la curiosidad. Un dispositivo capta el movimiento de un dedo, otro traduce una mirada en una orden; el robot se convierte en el puente que permite al niño alcanzar el objeto que antes parecía inalcanzable.
Este festival abandona la abstracción de las presentaciones corporativas para quedarse con la imagen concreta de la convivencia. Al final de la jornada, entre los laboratorios de biomecatrónica y las áreas de juego, lo que permanece es el gesto de una mano que, apoyada con confianza en el metal, descubre que el mundo todavía puede ser un lugar manejable y acogedor.