Para que el gatuzo llegue a la mesa del consumidor, los pescadores deben primero despojarlo de su identidad: le quitan la cabeza, las aletas y la piel áspera hasta dejar solo un cilindro de carne desnuda. Este anonimato comercial ha permitido que el Mustelus schmitti sea el tiburón más explotado del Mar Argentino, capturado sin descanso por flotas que operan en el estuario del Río de la Plata y el norte de la Patagonia.
La estrategia de los conservacionistas de WCS Argentina no ha sido buscar una prohibición legal, sino apelar a la voluntad del individuo en el momento preciso de la compra. Al solicitar que no se consuma este animal durante los días de mayor demanda, intentan conceder un respiro biológico a una criatura cuya naturaleza no le permite recuperarse con rapidez de la presión de las redes.
La biología de este pez es una carrera contra el tiempo. Las hembras migran cada primavera hacia aguas costeras someras para dar a luz, un viaje que las expone directamente a las redes de arrastre. Al ser una especie vivípara, el destino de la madre está indisolublemente unido al de su descendencia; cada ejemplar que llega al mostrador representa una pérdida que el ecosistema tardará años en compensar.
Frente al mostrador de la pescadería, el ciudadano se encuentra con una elección que trasciende la dieta. Abstenerse de comprar ese cilindro rosado es reconocer que la abundancia de los mares no es infinita y que, a veces, la protección de una especie depende menos de los decretos gubernamentales que de la mano que decide no señalar un producto en el mercado.