El obispo William McGrattan y el cardenal Michael Czerny han formalizado el despliegue de estos recursos, pero la verdadera autoridad reside ahora en un consejo indígena independiente. Este cambio de mando responde a una necesidad histórica: tras el fracaso de un intento de recaudación en 2006, que apenas alcanzó una fracción de su objetivo, 73 diócesis del país han consolidado este nuevo fondo para cumplir con las promesas de reparación. La estructura actual permite que el dinero no se pierda en burocracias, sino que llegue directamente a las comunidades que diseñan sus propios procesos de duelo y recuperación.

Entre las iniciativas se encuentran la creación de puestos de atención espiritual indígena en hospitales y la organización de campamentos basados en las enseñanzas Blackfoot. El gesto central de este proceso quedó simbolizado en un pequeño objeto: un par de mocasines de bebé que fueron entregados al Papa en el Vaticano como recordatorio de los niños que nunca regresaron a casa, y que el pontífice devolvió personalmente durante su visita a Alberta como señal de una voluntad de caminar en una dirección distinta.

La Santa Sede ha ido más allá de la gestión financiera al repudiar formalmente la Doctrina del Descubrimiento, el marco legal del siglo XV que justificó la apropiación de tierras y el despojo cultural. Este acto jurídico limpia el terreno para el diálogo, pero son las acciones locales las que sostienen la estructura. En los centros culturales financiados por el fondo, la prioridad no es el mantenimiento de los edificios, sino el fortalecimiento de los vínculos entre las generaciones que fueron separadas por la fuerza.

Al final, la medida del éxito de este esfuerzo no se encontrará en los informes contables, sino en la quietud de los campamentos de sanación y en la dignidad de los supervivientes que, por primera vez, ven su cultura tratada no como un vestigio del pasado, sino como el cimiento de su propio futuro. Es un proceso de justicia lenta, ejecutado con la precisión de quien comprende que el daño de un siglo no se borra con un decreto, sino con la presencia constante y el respeto a la soberanía del otro.