La historia de este descubrimiento no comenzó en una expedición ruidosa, sino en la paciencia de las redes y los archivos. Un primer ejemplar fue recuperado en el año 2000 frente a Constitución; otros aparecieron más tarde, atrapados de forma accidental por los pesqueros que buscan el bacalao de profundidad. Incluso uno de ellos aguardaba en el Museo Nacional de Historia Natural de Chile, conservado en un frasco, esperando que alguien supiera leer en su anatomía lo que otros habían pasado por alto.
Junto a María Cecilia Pardo, el equipo analizó cada detalle morfológico y genético para distinguir a este ser de sus parientes más cercanos. Han bautizado a la especie como sellanesi en honor al investigador Javier Sellanes, un hombre dedicado a comprender los ecosistemas de los montes submarinos chilenos. Con esta descripción, el género Graneledone suma ahora once especies conocidas en todo el mundo, siendo esta la primera identificada en el Pacífico suroriental en más de un cuarto de siglo.
Vivir en la zona afótica, donde la luz del sol es un concepto inexistente, ha moldeado al Graneledone sellanesi de formas singulares. A diferencia de sus parientes de aguas someras, este pulpo carece de bolsa de tinta, un órgano de defensa que resulta inútil en la negrura total. Sus extremidades poseen una sola hilera de ventosas y su metabolismo se ha ralentizado para adaptarse al frío intenso, una estrategia de supervivencia que les permite proteger sus huevos —inusualmente grandes— durante periodos que pueden extenderse por años.
Este estudio, que ha contado con la colaboración de científicos de España, Rusia, Nueva Zelanda y otros seis países, devuelve a la luz una pieza del rompecabezas oceánico. Es el reconocimiento de una vida que, aunque invisible para la mayoría, habita con una dignidad callada las llanuras de fango y roca del fondo marino.