Lo que Arega contempla es el resultado de una voluntad compartida que comenzó hace tres años. Los habitantes de esta región, donde las pendientes pronunciadas suelen escupir el agua de lluvia hacia el valle sin permitir que penetre en el suelo, decidieron cambiar el destino de su paisaje. Con sus propias manos, los miembros de la comunidad plantaron más de 187.000 plantones de árboles y pastos, y levantaron 20 kilómetros de terrazas de piedra para frenar la erosión que despojaba a sus campos de la capa fértil.

El cambio más profundo, sin embargo, no fue físico sino humano. Por primera vez, los comités encargados de la gestión de la tierra se sentaron a la misma mesa que los comités de agua y saneamiento. Esta alianza permitió que la reforestación y la protección de los manantiales avanzaran al mismo ritmo, entendiendo que no puede haber agua en el grifo si la montaña que la custodia está desnuda.

En el patio de su casa, la joven agricultora Yezina Alemneh toca con la punta de los dedos las hojas frescas de su cultivo de trigo. Gracias a la recuperación de los acuíferos locales, ha podido diversificar su producción con hortalizas en una época del año en la que antes la tierra solo ofrecía resistencia. La infiltración del agua en el subsuelo, antes perdida en torrentes de lodo, ha transformado la economía doméstica de las familias de Minzir 01.

Esta microcuenca forma parte del rompecabezas vital del lago Tana, el origen del Nilo Azul. Al retener el agua en las laderas de Amhara, estos agricultores no solo aseguran su propia supervivencia, sino que protegen el flujo de un sistema fluvial del que dependen millones de personas río abajo. Para Molla Arega, la magnitud del logro es más sencilla y profunda: es la primera vez en su vida que el verano no llega acompañado de la sed.