La comprensión llegó despacio, entre 2016 y el invierno en que decidió marcharse del banco. En enero de este año fundó ZimbOriginal, una plataforma que no enseña con tablas de conjugación sino con relatos, clubes de lectura y lo que ella llama buddy pairing: emparejar a un alumno con alguien que hable la lengua desde la infancia, uno frente a otro, durante el tiempo que haga falta.

Cuesta 50 dólares al mes. Los estudiantes están en Zimbabue, Canadá, Australia, Sudáfrica, Irlanda y Escocia. La distancia obliga a una aritmética doméstica: Zimbabue vive todo el año en UTC+2, de modo que una clase reservada desde el este de Canadá abre un hueco de seis o siete horas, y alguien tiene que madrugar en Harare o trasnochar en Toronto.

Chidovi ha observado quién aparece con más constancia. «Cuando la gente está lejos de casa, añora su casa más que cuando está en casa.»

El hueco que Chidovi ocupa es real. El shona se estudia como asignatura y lo examina el consejo nacional de exámenes, pero a partir de los primeros cursos de primaria la enseñanza se imparte casi toda en inglés: por eso muchos adultos criados en Zimbabue leen con más soltura la lengua extranjera que la propia. Fuera de la escuela, el shona apenas existe en las aplicaciones masivas de idiomas —Duolingo abrió su primer curso subsahariano, el suajili, en 2016—, y quien quería aprenderlo dependía de departamentos universitarios, materiales de iglesia o profesores particulares.

Los corredores que hoy transportan las clases ya existían. Varios millones de zimbabuenses viven fuera del país, sobre todo en Sudáfrica y el Reino Unido, y el banco central ha situado las remesas anuales de la diáspora por encima de los 2.000 millones de dólares. Por esas mismas líneas circulaba dinero hacia casa. Ahora circula también gramática, en dirección contraria.

Hay algo apropiado en que la lengua vuelva por esa vía. El nombre del país lo dice: Zimbabwe viene del shona dzimba dzemabwe, casas de piedra, por los muros levantados sin argamasa en Gran Zimbabue. Lo que Chidovi enseña, sin embargo, nunca fue lengua materna de nadie en sentido estricto: el shona estándar se cosió en 1931 a partir de cinco dialectos, y la ortografía se revisó dos veces más, en 1955 y 1967. La lengua que devuelve a la diáspora es, ella misma, algo construido a propósito.