Durante más de una década, entre los municipios de Nazária y Pastos Bons, el equipo coordinado por Cisneros extrajo restos que no encajaban en los catálogos conocidos. La criatura, bautizada con una mezcla de guaraní y latín que significa «habitante del río con mandíbula», poseía dientes cónicos que, en lugar de apuntar hacia arriba para atrapar presas, se proyectan lateralmente. Esta disposición sugiere un mecanismo para raspar algas o vegetación acuática, un comportamiento que hoy solo se observa de forma excepcional en una pequeña rana brasileña que consume frutos.
El hallazgo sitúa a este tetrápodo basal en el período Pérmico, hace cientos de millones de años, en un entorno que no era el pantano perpetuo que suele imaginarse. Los sedimentos indican una región cálida con estaciones secas, un escenario que obligaba a la fauna a adaptarse a la escasez de agua. La existencia del Tanyka amnicola en el antiguo supercontinente de Gondwana rompe además con el aislamiento geográfico de su linaje, que hasta ahora solo se había localizado en los yacimientos de carbón de Escocia y América del Norte.
Para Cisneros y su equipo internacional, la verdadera importancia del descubrimiento reside en la resistencia de la vida ante la aridez. Al encontrar estos restos junto a troncos de gimnospermas silicificados que aún se mantienen en posición vertical, los investigadores han podido reconstruir un mundo donde los primeros vertebrados de cuatro patas no dependían exclusivamente de la carne para sobrevivir. Los más de mil fósiles recolectados bajo la custodia de la Universidade Federal do Piauí cuentan ahora una historia distinta: la de un colonizador fluvial que encontró en las plantas el sustento para prosperar donde otros perecían.