La razón es física y frágil a la vez: el agua de lluvia que se filtra en el fondo de la charca queda como una lente sobre el agua subterránea, más pesada y salina. Si la extracción se acelera, la sal sube y contamina la lente. Por eso el agua se vierte en canales superficiales y corre hacia zanjas de almacenamiento y abrevaderos de tierra, los awada. Un virda suele dar agua potable entre veinte días y cuatro meses; después se vuelve salobre y se lo deja descansar para que se recargue.
El conocimiento no pertenece a nadie en particular. Los virdas se construyen y se mantienen de forma colectiva, y saber leer el terreno —la hierba espesa, el suelo un poco más alto, la salinidad menor— se transmite entre generaciones. Una mujer maldhari de la aldea de Berdo lo dijo sin rodeos: «Si no hay virda, nuestra existencia estará amenazada. Nuestro ganado perecerá.»
Lo que amenaza a los virdas no llega solo del cielo. En 1961 el Departamento Forestal de Gujarat autorizó plantar Prosopis juliflora en 31.550 hectáreas a lo largo del límite con el Gran Rann, para frenar el avance de la marisma salada. El arbusto se expandió mucho más allá de esa franja y hoy cubre más de la mitad del territorio. Su madera, convertida en carbón vegetal, se ha vuelto una fuente de ingresos en efectivo que compite con el pastoreo por el trabajo de las familias.
A eso se suman lluvias cada vez menos previsibles, temperaturas en ascenso y tuberías de agua que llegan sin constancia: lo bastante para alejar a los jóvenes de la práctica, no lo bastante para reemplazarla. La comunidad ha defendido su terreno por otras vías —el Banni Pashu Uchherak Maldhari Sangathan llevó en 2018 la ocupación agrícola ante el Tribunal Verde Nacional, que en mayo de 2021 confirmó los derechos forestales comunitarios de los maldharis— pero ningún fallo enseña a leer la hierba.
El reportaje en vídeo fue producido por Mongabay-India, escrito por Marhaba Hilali y editado por Kartik Chandramouli.