Para estos dos pequeños pacientes, los métodos convencionales carecían de sentido. Al nacer con una aplasia del nervio auditivo, el canal biológico entre el oído interno y el cerebro simplemente no existe; ningún audífono o implante coclear podría haberles rescatado del silencio absoluto. La solución, compleja y delicada, requiere una maniobra de alta precisión que consiste en colocar una pequeña placa de electrodos directamente sobre el tronco encefálico, sorteando el camino interrumpido por la biología.

La intervención representa una de las fronteras más exigentes de la medicina moderna. El doctor Behr, quien dirigió durante años el departamento quirúrgico del Klinikum Fulda en Alemania, aplicó una técnica que comenzó a gestarse en los años setenta pero que solo en las últimas décadas ha logrado una finura tal que permite ser aplicada en niños tan pequeños, antes de que el cerebro pierda su plasticidad para aprender el lenguaje.

El éxito de la operación no se manifiesta con una reacción inmediata, sino con el silencio expectante del quirófano. La pequeña placa, de apenas tres por ocho milímetros, debe asentarse mientras los tejidos se recuperan. Pasarán varias semanas hasta que los especialistas calibren los electrodos y el mundo exterior, en forma de vibraciones eléctricas, empiece a ser interpretado por los niños como voces, música o el ruido del viento.

Tras la cirugía, se inicia un proceso largo y paciente de rehabilitación. Las familias, ahora integradas en un programa de estimulación lingüística, acompañarán a los pequeños en el descubrimiento de un sentido que les fue negado. No se trata solo de un logro técnico en un hospital que ha pasado recientemente a gestión local, sino del compromiso humano por asegurar que dos niños no queden aislados por un capricho de la anatomía.