Ese trabajo, durante mucho tiempo, no existía en los archivos. Sin un certificado de nacimiento expedido por un hospital, el registro civil no tenía cómo inscribir a la criatura, y una vida comenzaba sin nombre legal. Las parteras de Guerrero convirtieron esa ausencia en un reclamo. Junto a Esperanza Sánchez Francisco, Marina de Alma Rodríguez y María Lidia Melodialma, empujaron durante años hasta que el reconocimiento llegó: una reforma a la Ley General de Salud permite que las parteras tradicionales emitan directamente el certificado de nacimiento, y ordena que el formato se ajuste a la lengua y la identidad cultural de quien lo llena.

Buena parte de esa organización pasa por la Casa de la Mujer Indígena y Afromexicana "Nellys Palomo Sánchez", en San Luis Acatlán, que atiende a mujeres de ese municipio, de Malinaltepec y de Cochoapa El Grande. En su territorio se habla na savi, me'phaa y ñomndaa. En su equipo hay también parteros varones. La casa lleva el nombre de una organizadora feminista nacida en Montería, Colombia, que fundó Kinal Antzetik —"tierra de mujeres" en tzeltal— y murió en 2009; este mayo cumplió quince años de haber abierto sus puertas. Su personal ha denunciado hostigamiento.

Las parteras describen su práctica en términos que van más allá del oficio. Hablan de una defensa frente a la violencia obstétrica y el racismo dentro del sistema formal de salud, y ofrecen a las mujeres de comunidades apartadas un cuidado enraizado en su propia cultura, que además suele estar mucho más cerca que cualquier consultorio. En un estado que ocupa el segundo lugar del país —después de Chiapas— tanto en número de parteras tradicionales como en partos atendidos por ellas, la cifra real sigue siendo materia de desacuerdo entre los registros federales y los estatales.

El saber se transmite sin aulas: de las mayores a las jóvenes, en la casa donde se atiende. Cuidados prenatales, posiciones para el parto, remedios de hierbas, la recuperación posterior. Un documental sonoro de ZonaDocs recogió sus voces esta semana y presenta ese trabajo como dos cosas a la vez: una práctica de salud y una forma de continuidad cultural en territorios donde los servicios médicos formales siguen siendo escasos.