El encargo de Abdelwahab no es fruto de un capricho estético, sino de una necesidad práctica. Tras comprobar que un horno metálico moderno era incapaz de conservar el calor necesario para el pan tradicional, decidió buscar a uno de los pocos hombres que aún dominan la arquitectura de la tierra. Ammar Abdelnabi, que inició su camino en la yesería antes de especializarse hace 15 años en esta técnica, construye estructuras que, a diferencia de los electrodomésticos industriales, pueden prestar servicio durante una década.
La técnica exige una alquimia sencilla pero rigurosa. El artesano mezcla lodo aluvial del Nilo con arena y tibn —paja de trigo picada— que actúa como ligamento para evitar que el calor agriete las paredes. Para asegurar que el suelo del horno retenga la energía, se suele colocar una capa de sal o vidrio triturado bajo la superficie de cocción, creando una masa térmica capaz de soportar las exigencias del fuego diario.
Este retorno al barro coincide con una transformación económica profunda en el país. El aumento del precio del gas butano, que pasó de 75 a 150 libras egipcias en apenas dos años, ha hecho que las familias vuelvan la mirada hacia los recursos de su propio entorno. En lugar de depender de combustibles fósiles, estos hornos se alimentan con tallos de maíz, ramas de palma o estiércol seco, integrándose de nuevo en el ciclo de la vida agrícola.
Sin embargo, en el gesto de Ammar hay algo más que una respuesta a la carestía. En los hoteles patrimoniales y eco-lodges que ahora solicitan sus servicios, se busca recuperar el sabor del Aish Shamsi, el pan fermentado al sol que requiere el calor constante y envolvente del domo de arcilla. Es una técnica que conecta las necesidades del presente con los asentamientos del Reino Nuevo de hace tres milenios, demostrando que, a veces, la modernidad más eficaz consiste en no olvidar cómo se acaricia el barro.