Sin embargo, el profesor Wael Ayyad, jefe de cirugía plástica, decidió emprender el camino más difícil. En el quirófano del instituto, a orillas del Nilo, dividió a su equipo en dos frentes de trabajo simultáneos. Mientras un grupo de especialistas preparaba la zona herida por el impacto de los perdigones —conocidos localmente como khartoush—, el segundo grupo extraía un delicado colgajo de músculo y piel de la espalda del propio niño para trasplantarlo a la extremidad perdida.

La intervención se convirtió en una vigilia de precisión absoluta. Bajo el lente del microscopio quirúrgico, los cirujanos manipularon agujas y suturas de nylon 10-0, hilos más finos que una pestaña humana, para unir arterias y venas cuyo diámetro apenas alcanzaba el milímetro. Era un trabajo de orfebres sobre un cuerpo de apenas cinco años, donde cada nudo mal ejecutado significaba el fracaso del injerto y la pérdida definitiva del miembro.

Tras doce horas de labor continua, el equipo de cirugía vascular y ortopedia contuvo el aliento. Al liberar las pinzas que bloqueaban el paso, la sangre volvió a fluir con naturalidad, devolviendo el pulso y el color a un pie que horas antes parecía condenado. El director del instituto, Mahmoud Said, confirmó que el tejido trasplantado había recuperado su vitalidad, permitiendo que el niño comenzara un programa de rehabilitación en lugar de enfrentar una vida de discapacidad.

En la quietud de la unidad de cuidados pediátricos, la pierna salvada descansaba bajo la vigilancia de los monitores. El éxito de la operación no solo residió en la tecnología del microscopio, sino en la paciencia de un equipo que se negó a aceptar el destino más sencillo y optó por reconstruir, hilo a hilo, el futuro de un niño desconocido.