Nadie los había buscado. Un año antes, miembros de la comunidad abrían a mano un camino nuevo hacia esa parte del valle cuando vieron fragmentos de hueso en la tierra removida. Hasta hace pocos años ningún vehículo llegaba a Anfama. Un informe del CONICET de 2016 hablaba de siete u ocho horas a pie desde el pueblo más cercano. Hoy viven allí 186 personas, a unos 1.750 metros de altura, en la selva de montaña de las Yungas.
En junio de 2025, las arqueólogas Romina Canova y Stefania Chiavassa Arias, del Equipo de Arqueología de las Cumbres Calchaquíes del Sur (CONICET-UNC), hicieron una excavación de rescate junto a Osvaldo Díaz, de la Dirección Provincial de Patrimonio Cultural. Al principio creyeron que había restos de dos personas. En el laboratorio aparecieron cuatro: tres hombres jóvenes de unos veinte años y un bebé, enterrados entre los años 400 y 900 de nuestra era.
La tumba no estaba sola. Alrededor quedaban rastros de reuniones y ofrendas: cerámica decorada, una punta de flecha de cuarcita, huesos de camélidos y de aves. Hace más de mil años, alguien se había reunido en ese lugar para despedir a sus muertos.
El equipo trabaja en la cuenca de Anfama desde hace unos doce años. Allí documentó aldeas campesinas del primer milenio: casas redondas de piedra con muros de casi dos metros de grosor, patios centrales y silos, donde vivían entre dieciséis y veinticinco personas. Algunas estuvieron habitadas durante seis o siete siglos. Sus habitantes cultivaban maíz, porotos y zapallo en terrazas. Esa forma de vida empezó a romperse con la Segunda Guerra Calchaquí, en el siglo XVII, en la que también combatieron los pueblos de Tafí y Anfama.
La ceremonia la dirigió Santos Pastrana. Junto a Álvarez estaban el antiguo cacique Antonio Carranzano, el cacique de Tafí del Valle Alejo Azar, el de Mala Mala Alberto Antonio Romano y el delegado comunal de Raco Gerardo Alvi. Las arqueólogas enterraron cada manta a pocos metros del hallazgo, con la cerámica recuperada. La comunidad dejó ofrendas nuevas.
Desde 2001, una ley argentina reconoce a las comunidades indígenas el derecho a reclamar los restos de sus antepasados que guardan los museos. En Anfama no hizo falta reclamar nada. Los huesos pasaron un año en un laboratorio, dijeron lo que tenían que decir sobre quiénes eran y cuándo vivieron, y regresaron a su lugar.