El documento, fruto de una colaboración con la red RIINEE y el apoyo de España, no se limita a acumular datos, sino que retrata una realidad de contrastes profundos. En el mapa trazado por Kuisch Laroche, se observa que mientras el 99% de los estudiantes sin discapacidad logra terminar la educación primaria, la cifra cae al 76% cuando existen barreras físicas o cognitivas. Al llegar a la secundaria, el camino se estrecha todavía más, dejando apenas a un 61% de estos jóvenes dentro del sistema.

Bajo la luz sobria de la sala de reuniones, los datos revelan que menos de la mitad de las escuelas regulares de la región están preparadas para recibir a estos alumnos. No es solo una cuestión de rampas o ascensores; se trata de una arquitectura pedagógica que aún debe ser rediseñada para que el pupitre sea, verdaderamente, un espacio compartido.

Sin embargo, entre las columnas de números aparece un gesto que indica un cambio de marea. El informe detecta que un 4,5% de los estudiantes ha logrado realizar el tránsito desde las escuelas especiales hacia la educación regular, un movimiento que multiplica casi por ocho al sentido inverso. Es un flujo silencioso pero constante que sugiere que la segregación está perdiendo su fuerza frente a la convicción de que la convivencia en el aula es un derecho fundamental.

Kuisch Laroche insiste en que la inclusión es una obligación de los Estados y no un acto de caridad. El informe utiliza ahora la metodología del Washington Group, una herramienta que permite comparar naciones bajo un mismo criterio humano, abandonando el antiguo enfoque estrictamente médico para centrarse en las necesidades de apoyo en el aula. En el tacto de una hoja de papel con relieve Braille, se adivina esa antigua normalización de la lectura que hoy busca expandirse a todas las formas de aprendizaje en el continente.