Andrés Valenzuela Sánchez fundó su organización en 2015 inspirado por una forma de cuidado casi humana: el macho de la ranita de Darwin resguarda a sus renacuajos dentro de su propio saco bucal, nutriéndolos hasta que están listos para saltar al mundo. Esta delicada arquitectura biológica, observada por primera vez por Charles Darwin en 1834 en los bosques de Chiloé, se enfrenta hoy a una fragilidad extrema. Mientras la especie del sur sobrevive en apenas 56 poblaciones aisladas, su pariente del norte, la Rhinoderma rufum, no ha sido vista por ojos humanos desde 1981.

La aprobación del plan RECOGE no es solo un trámite legal, sino un compromiso financiero y científico de 6,8 millones de dólares. El objetivo es ambicioso y silencioso: restaurar el hábitat de los bosques de Nothofagus, monitorear el hongo quítrido que asfixia la piel de los anfibios y, sobre todo, buscar incansablemente algún rastro de la especie del norte en la costa central de Chile. Si no se encuentra una población viable, su desaparición sería la primera extinción documentada de un animal nativo en la historia moderna del país.

En la espesura de los bosques templados, estas ranas confían en su anonimato. Poseen un hocico triangular y una coloración que imita a las hojas caídas, pero su presencia se delata por un sonido particular. No emiten el croar áspero de otros anfibios; su voz es un silbido breve y melódico, más parecido al de un pájaro que cruza el follaje.

El esfuerzo binacional, que involucra a 24 agencias y organizaciones de Chile, Argentina, Alemania y el Reino Unido, busca que ese silbido no se apague. El plan contempla el fortalecimiento de los centros de cría en cautividad en el Zoológico Nacional y la Universidad de Concepción, donde se intenta replicar el milagro de la crianza bucal en condiciones controladas, asegurando que el gesto de protección que Darwin anotó en su diario hace casi dos siglos continúe repitiéndose bajo la sombra de los robles y coigües.