Sánchez Bañuelos, jefa de la unidad, encabezó al equipo multidisciplinario que asumió el caso. La niña necesitó apoyo respiratorio sostenido desde el primer momento. A esa edad gestacional, los pulmones aún no producen surfactante en cantidad suficiente —la sustancia que impide que los alvéolos se colapsen al vaciarse—, y cada respiración es un esfuerzo que el cuerpo todavía no sabe hacer.

Después apareció el segundo obstáculo. Una cavidad del corazón que debía cerrarse tras el nacimiento seguía abierta y devolvía sangre hacia los pulmones, entorpeciendo la respiración. En los bebés nacidos antes de las 28 semanas ese conducto rara vez se cierra solo. Hizo falta cirugía, y en Zacatecas no se practica: la trasladaron al Hospital Regional Valentín Gómez Farías, en Jalisco, centro de alta especialidad de ISSSTE para el occidente del país. Unos 320 kilómetros de carretera, alrededor de cuatro horas y media en ambulancia, con una paciente que pesaba menos que un litro de agua.

La cirugía cerró el conducto y la respiración encontró por fin su ritmo. De vuelta en Zacatecas, la niña siguió creciendo hasta llegar a los siete kilogramos y a una recuperación completa.

Elías Lara habla del personal del hospital en términos que no son clínicos. Dice que le dieron contención emocional y que se comportaron como aliados durante todo el proceso. Es una palabra precisa: no describe un tratamiento, describe una manera de estar al lado de alguien cuando la única alternativa es esperar.

El trabajo no termina con el alta. La prematuridad extrema deja pendientes que solo el tiempo revela —la visión, el oído, el desarrollo motor, el lenguaje—, y por eso el equipo de la unidad neonatal planea acompañar a la niña durante los próximos cinco años. La historia que empezó con un parto adelantado por preeclampsia, una de las principales causas de muerte materna en México, continúa ahora en consultas de control.