El viaje comenzó en la frontera, en Ciudad Juárez. Allí, Servín, un hombre que ha dedicado su carrera académica en la UAM y la UNAM a estudiar el comportamiento del Canis lupus baileyi, asumió la custodia de la manada. Los lobos no fueron meros bultos de carga; viajaron primero en avión hasta Santiago Papasquiaro y luego por tierra, sorteando los caminos sinuosos de la montaña, siempre bajo la vigilancia atenta del biólogo, quien ha publicado decenas de estudios sobre la fragilidad de este linaje.

La supervivencia de esta subespecie, la más pequeña y genéticamente distinta de los lobos grises de Norteamérica, es un ejercicio de paciencia extrema. Toda la población actual desciende de apenas siete ejemplares capturados a finales de los años setenta, cuando la campaña de erradicación mediante venenos y trampas casi borra su rastro de la historia. Servín conoce bien esa genealogía; sabe que cada uno de los lobos que ahora olfatean el suelo de Santa Catarina de Tepehuanes lleva consigo el peso de una estirpe salvada del olvido por la mano del hombre.

Lo que hace que este regreso sea distinto a otros intentos de conservación no es la técnica, sino el consentimiento. En la comunidad de El Tarahumar y Bajíos del Tarahumar, los habitantes se reunieron en una asamblea para decidir el destino de sus bosques. El voto fue unánime. En un gesto de vecindad con lo salvaje, los pobladores aceptaron compartir su espacio con el depredador que sus abuelos vieron desaparecer.

Durante los próximos meses, la radiotelemetría y las cámaras trampa registrarán sus movimientos, pero el trabajo más difícil ya se ha realizado. En el silencio de la Sierra Madre Occidental, a la sombra de los robles, una familia de lobos vuelve a cazar y a vivir. El doctor Servín, tras acompañarlos en cada kilómetro del trayecto, los deja ahora bajo el cuidado de la montaña y de una comunidad que ha decidido que el bosque está más completo con su presencia.