Lo que comenzó como una explotación ganadera en una remota lengua de tierra a 35 kilómetros de la costa continental, se ha convertido en el escenario de una de las restauraciones ecológicas más ambiciosas de Oceanía. Durante veinte años, Woolford trabajó con la paciencia del que conoce cada roca de su propiedad para coordinar un esfuerzo que involucró a especialistas internacionales de Nueva Zelanda y Tasmania, drones térmicos y helicópteros en una danza precisa sobre el matorral.
La tarea no fue sencilla. Entre mayo y diciembre, la isla se cerró al mundo para ejecutar un plan de erradicación total. No se trataba solo de retirar el ganado; el desafío real residía en los depredadores silenciosos que habían diezmado la biodiversidad local durante más de un siglo. Especialistas humanitarios rastrearon cada rincón de la costa para eliminar hasta el último gato asilvestrado, mientras las aeronaves seguían patrones de cuadrícula para liberar el terreno de ratas y ratones.
La ecóloga Liz McTaggart, quien dirigió el proyecto, califica la eliminación simultánea de cinco especies como un acto radical. No es para menos: la isla Flinders es ahora un lienzo limpio, preparado para recibir de nuevo al walabí liebre de bandas y otros mamíferos amenazados que no han pisado este suelo en generaciones. La ausencia del ganado permite que las casuarinas vuelvan a brotar, liberando al suelo de la compactación de décadas de pastoreo.
Mientras la isla se prepara para su nueva vida, el aroma resinoso de la vegetación endémica parece más intenso en el aire salino. La reapertura al público conlleva protocolos estrictos, pero el mayor cambio es invisible: es la ausencia del ruido ajeno a la tierra. Los estudiantes de la cercana Elliston, que siguieron el proceso paso a paso, son los testigos de que la herencia de los Woolford ya no se mide en fardos de lana, sino en la supervivencia de lo que siempre debió estar allí.