El resguardo Blasiaku ocupa 67 hectáreas en el municipio de Villagarzón, departamento del Putumayo, allí donde los Andes descienden hacia la cuenca amazónica. El nombre significa río de los monos en inga kichwa. Viven allí treinta y cuatro familias, y hace diez años la comunidad donó una hectárea de su tierra a la escuela. De esa hectárea nació Kindi Tarpuy, la empresa escolar que administran los propios estudiantes: jabones, champús, aceites esenciales, artesanías.
La clase forma parte de la Institución Educativa Rural Bilingüe Atun Ninambi —gran camino—, una red que enseña en inga kichwa y en español en diez sedes. Atiende a 1.267 estudiantes con treinta facilitadores que no son solo docentes: cumplen funciones espirituales, culturales y pedagógicas a la vez.
Quienes sostienen el sistema son las mismas personas que sostienen la comunidad. Vicente Jacanamejoy es iacha, médico tradicional. Juan Carlos Jacanamejoy, taita, encabeza el sistema educativo indígena. Yolanda Jacanamejoy gobierna el resguardo; Amanda Jacanamejoy es alcaldesa comunitaria y madre; Jesús Arbey Jojoja Quincho acompaña como facilitador espiritual. El plan de estudios mezcla el conocimiento ecológico heredado con matemáticas y con la contabilidad de una pequeña empresa.
Esa frase, dicha por un miembro de la comunidad, resume un cambio que tardó décadas en hacerse jurídicamente posible. La Constitución de 1991 reconoció la autonomía territorial indígena y la etnoeducación; el Decreto 1953 de 2014 permitió que los resguardos administren directamente sus presupuestos de educación, sin pasar por los municipios. En Colombia se reconocen sesenta y cinco lenguas indígenas. El inga, la variedad quechua más septentrional de Suramérica, la hablan unas veintidós mil personas.
Conviene recordar dónde ocurre esto. El Putumayo ha figurado durante años entre los departamentos con mayor superficie de coca del país, y fue uno de los focos de las fumigaciones aéreas con glifosato. En ese territorio, un grupo de niños aprende a medir cuántos mililitros de aceite salen de un manojo de hojas, y a nombrar cada planta en la lengua de sus abuelos.
La posibilidad de elegir cómo queremos enseñar.