En las laderas del Neuquén, el paisaje narra una lucha silenciosa. Donde antes dominaba la sombra de las araucarias —o pehuenes, como los llama el pueblo Pehuenche—, hoy los pinos exóticos y la rosa mosqueta intentan colonizar el vacío dejado por el fuego. Grosfeld, científico del CONICET, sabe que la naturaleza no siempre puede curarse sola cuando el equilibrio se ha roto; sin la intervención humana para retirar la vegetación invasora, los pehuenes jóvenes simplemente no pueden competir por la luz y los nutrientes.
La tarea requiere una paciencia mineral. El Araucaria araucana es un gimnasta de la supervivencia, pero su ritmo es pausado, casi litúrgico. Un retoño apenas crece entre cinco y ocho centímetros al año. Esta extrema lentitud los hace vulnerables frente a las especies comerciales introducidas en el siglo pasado, que crecen con una rapidez agresiva, asfixiando el renacimiento del bosque nativo.
El proyecto no solo busca recuperar lo perdido en los grandes incendios de Ruca Choroy en 2013 o de Quillén en 2021, sino reconectar a la comunidad con su patrimonio biológico. Los voluntarios aprenden a identificar la calidad del suelo volcánico y a respetar la estructura de un bosque donde cada árbol tiene un sexo definido, necesitando la cercanía de otros para asegurar la descendencia a través del viento.
Mientras Grosfeld define los protocolos de monitoreo, queda claro que nadie de los presentes verá estas araucarias en su plenitud. Es un trabajo para el siglo que viene. En un mundo que exige resultados inmediatos, estos hombres y mujeres eligen la laboriosa tarea de retirar a mano los pinos invasores para que, bajo la mirada de los picos nevados, el pehuén vuelva a ser el dueño absoluto de su propia sombra.