James Musinguzi observa el movimiento rítmico de los operarios que aseguran los cierres. No es un simple traslado logístico de 221 kilómetros; es el cumplimiento de una promesa silenciosa hecha a una tierra que se quedó vacía a principios de los años ochenta. Los animales, ejemplares imponentes que pueden superar los 2.000 kilogramos, inician un viaje de cuatro horas hacia el distrito de Madi-Okollo, un trayecto que cruza la geografía y el tiempo.

La reserva de Ajai debe su nombre a un hombre que entendió la fragilidad de la vida silvestre mucho antes de que la conservación moderna se convirtiera en una disciplina institucional. En la década de 1930, el jefe Ajai, líder de la comunidad Madi, prohibió la caza en sus dominios, creando un refugio que llegó a albergar a más de sesenta rinocerontes. Aquella población sucumbió finalmente durante la inestabilidad política de las décadas posteriores, dejando las llanuras en un silencio biológico que ha durado cuarenta años.

Al llegar a la reserva de 148 kilómetros cuadrados, el sonido del motor de los camiones se detiene y da paso al chirrido seco de los cerrojos al abrirse. Los rinocerontes blancos del sur, introducidos aquí como reemplazos ecológicos de la extinta subespecie del norte, pisan el suelo de Ajai con una cautela instintiva. No hay prisa en sus movimientos; el animal se detiene a olisquear el aire, reconociendo un territorio que sus ancestros mantuvieron equilibrado mediante el pastoreo.

Siete guardabosques ugandeses, formados en técnicas de rastreo en las conservaciones de Lewa y Segera, permanecen en la periferia. Su tarea es ahora la vigilancia constante en un recinto protegido por una valla electrificada de bajo voltaje, diseñada para evitar que los conflictos del pasado se repitan. Para Musinguzi y su equipo, este primer grupo es solo la avanzadilla de una estrategia nacional que busca devolver a Uganda la fauna que la historia le arrebató.