La Biblioteca Pública de Worcester tiene dos vehículos, y uno de ellos tiene nombre propio: Libby. Cada día recorren la ciudad según un itinerario fijo, y algunos lectores ya esperan su llegada. Mary Iram es una de las habituales. Para muchos residentes del centro, la biblioteca solo existe cuando llega a su puerta, porque no pueden ir hasta ella.

El programa depende de Jason Homer, director ejecutivo de la biblioteca, y responde a un cálculo sencillo. Mantener un bibliobús cuesta unos 80.000 dólares. Construir una sucursal nueva cuesta cerca de 10 millones. Para una ciudad con poco presupuesto, la diferencia decide si los libros llegan o no a los ancianos de las residencias, a los niños de los barrios olvidados y a las familias que no tienen cómo desplazarse.

En Chicopee, Sarah Phaneuf descubrió que su ciudad también tenía una. Es una furgoneta parecida a las de mudanzas, con letras amarillas en el costado, y la atienden la bibliotecaria Kate Ouimette y la bibliotecaria infantil Beth Oliveira. Hace tres paradas por semana, entre ellas el complejo de viviendas Doverbrook y el centro juvenil Cabot Manor.

En Quincy, la Biblioteca Pública Thomas Crane eligió algo más pequeño: una bicicleta de libros de 10.000 dólares, pintada con grullas de colores fluorescentes. Su directora, Sara Slymon, la describe sin rodeos.

«Es como un camión de helados, pero con libros».

Los bibliotecarios cuentan que, cuando llegan, la gente toca la bocina y saluda con la mano. Newton y Watertown están a punto de sumar sus propios vehículos.

La idea tiene más de un siglo. En 1905, en el condado de Washington, en Maryland, la bibliotecaria Mary Lemist Titcomb puso en marcha un carro tirado por caballos para llevar libros a las granjas. Lo conducía el conserje de la biblioteca, Joshua Thomas. En todo el país, los bibliobuses llegaron a ser 1.125 en 1991 y después fueron desapareciendo poco a poco. En Massachusetts, la tendencia empieza a invertirse, parada a parada.