Hwang lo explica sin dramatismo: antes bastaba con llamar por teléfono o presentarse en el mostrador. Ahora depende de sus hijos incluso para inscribirse en su clase de baile, porque las aplicaciones y los quioscos han sustituido a los mostradores y a las líneas telefónicas. La independencia que perdió no fue una decisión suya.

Corea del Sur tiene una de las brechas digitales más amplias entre jóvenes y mayores del mundo rico. Una encuesta estatal citada junto al programa halló que el 60 por ciento de los coreanos mayores de sesenta años tiene dificultades para usar servicios públicos y comerciales por falta de competencias digitales, frente al 6 por ciento de los menores de cuarenta. Otra, del Ministerio de Ciencia y TIC en 2023, encontró que casi uno de cada tres adultos mayores siente ansiedad al usar herramientas digitales sin ayuda.

El país respondió con logística antes que con discursos. Desde 2020 el ministerio sostiene los llamados Centros de Aprendizaje Digital; desde 2021 ha convertido más de 2.000 centros de mayores en aulas equipadas con tabletas y dispositivos de práctica. Solo en 2025 se impartieron más de 65.000 sesiones para unas 650.000 personas de sesenta años o más. Cuando los mayores no acuden, van furgonetas cargadas de tabletas y quioscos simulados a los centros comunitarios y a las fiestas regionales, allí donde ya se reúnen.

La retirada de lo físico ha sido más rápida fuera de la capital: en Ulsan los cajeros cayeron un 21,5 por ciento. Mientras tanto, la regulación avanza por detrás. Un decreto revisado sobre accesibilidad de quioscos entró en vigor el 1 de enero de 2023 y solo desde enero de 2026 alcanza a las máquinas ya instaladas. En febrero de 2024, la Comisión Nacional de Derechos Humanos recomendó formalmente al ministro de Ciencia y TIC que exija alternativas no digitales para las personas mayores. Seúl anunció que sustituirá 5.000 quioscos municipales por versiones pensadas para quienes no manejan estas máquinas.

Los funcionarios describen las sesiones repetidas como las de Suwon con una ambición modesta y exacta: devolver la autonomía cotidiana que los teléfonos inteligentes se llevaron sin avisar. En una ciudad de 1,2 millones de habitantes, eso se mide de aula en aula, de aplauso en aplauso.