Lo que ocurrió después no se decide en el momento: se decide antes. El cuerpo entró al quirófano y los niños salieron en dos o tres minutos. Un especialista en pediatría ya esperaba dentro, junto a la mesa, sin que nadie tuviera que ir a buscarlo por los pasillos. Los dos gemelos nacieron vivos y en estado estable.

Baraka lo resumió sin adornos: «el minuto fue decisivo en todo el asunto». Atribuyó el desenlace a la preparación previa y a la coordinación entre departamentos. Sin eso, dijo, los dos niños habrían muerto con su madre.

La medicina llama a esta operación cesárea perimortem, y cada vez más histerotomía de reanimación. El cambio de nombre encierra una idea: a partir de la semana veinte, el útero comprime la vena cava y la aorta abdominal cuando la paciente está tendida boca arriba, y las compresiones torácicas pierden eficacia mientras el útero siga lleno. Un embarazo gemelar agranda el útero y agrava esa compresión. Vaciarlo no es solo rescatar a los hijos; es también intentar salvar a la madre.

El protocolo internacional insiste en operar allí donde la paciente se desplomó, sin traslado, sin anestesia, sin campo estéril, con un bisturí y poco más: el trayecto hasta el quirófano consume la ventana entera. En Saqulta, un hospital de distrito del Ministerio de Salud a unos 470 kilómetros al sur de El Cairo, el equipo ganó ese trayecto porque estaba listo antes de necesitarlo.

El paro cardíaco durante el embarazo es tan infrecuente que la mayoría de los obstetras no lo ve nunca. Baraka lo vio una madrugada, y había ensayado la respuesta.