Para recuperar este fragmento de historia, los expertos procesaron bloques de marga y arcilla procedentes de las formaciones de Lourinhã y Alcobaça, antiguos humedales costeros donde la vida pequeña quedaba atrapada en los depósitos fluviales. El método de trabajo exige una calma monacal: el sedimento se disuelve en agua y se hace pasar por una serie de tamices superpuestos. El suave siseo del agua al filtrar la tierra deja paso a un concentrado de restos minerales que debe examinarse grano a grano bajo la lente.

La importancia del hallazgo reside en la escasez de registros de anfibios de cuerpo pequeño en este periodo europeo. La identificación de estas especies, emparentadas con las salamandras modernas, suele depender de la forma del ilion, un hueso de la pelvis no más grande que una semilla. Estos animales poseían en ocasiones articulaciones en el cuello que restringían el movimiento de su cabeza a un solo plano vertical, una particularidad anatómica grabada en sus vértebras.

Este trabajo, realizado en colaboración con centros locales como el Museu da Lourinhã y la Sociedad de Historia Natural de Torres Vedras, confirma que el subsuelo portugués es hoy uno de los archivos más valiosos para entender el Mesozoico. Al nombrar a esta criatura, los investigadores no solo catalogan una especie nueva para la ciencia, sino que devuelven la presencia física a un habitante de un mundo que dejó de existir mucho antes de que el hombre soñara con comprenderlo.