Durante ocho meses, este especialista del Grupo Mammalogique Normand recorrió las riberas del Dives buscando una prueba que los testimonios de los pescadores sugerían, pero que la ciencia no podía aún certificar. La nutria, un animal de una discreción casi espectral, había sido expulsada de estos valles por la caza y la contaminación de los cauces. Finalmente, una cámara automática instalada por Thomas logró captar la imagen de un ejemplar sumergiéndose en la corriente, confirmando que la especie ha logrado cruzar desde la vecina cuenca del Orne, donde ya habitan al menos 28 individuos.

Este regreso no es solo un capricho de la naturaleza, sino el resultado de una paciencia humana que se mide en décadas. Desde que se prohibiera su caza en 1972, la nutria ha iniciado una lenta reconquista hacia el norte de Francia. Sin embargo, el paisaje que encuentra hoy es distinto: el asfalto ha sustituido a las orillas naturales y las carreteras se han convertido en su principal amenaza.

Para proteger esta frágil avanzadilla, Tony Guilloteau coordina la instalación de banquetas bajo los puentes de la región. Son pequeñas plataformas de madera o cemento, de apenas 50 centímetros de ancho, fijadas por encima del nivel máximo del agua. Cuando el río crece y la corriente se vuelve demasiado violenta bajo los ojos del puente, la nutria suele abandonar el cauce para cruzar por la superficie de la carretera, donde suele encontrar la muerte. Estas banquetas le permiten transitar en seco, bajo el amparo de la estructura, sin tener que enfrentarse al tráfico.

El hallazgo reciente de un ejemplar muerto aguas arriba de Falaise ha recordado a los técnicos la precariedad de este asentamiento. Mientras se restauran antiguos estanques y se firman acuerdos de protección con propiedades históricas como el Castillo de Canon, el trabajo de hombres como Thomas y Guilloteau continúa en el silencio de las riberas, asegurando que el aroma a jazmín de las orillas del Dives no vuelva a desvanecerse.