El nombre de Kibera suele atribuirse a la palabra nubia kibra, que significa bosque o selva. A comienzos del siglo XX, la administración colonial británica entregó estas tierras a soldados nubios que habían servido en los King's African Rifles. De aquel bosque queda poco en unos 2,5 kilómetros cuadrados de calles estrechas, aunque el asentamiento limita con el bosque de Ngong Road y a sus orillas corre el río Motoine–Ngong. Lo que Ndeda y sus compañeros hacen es devolver algo de verde a un lugar que alguna vez recibió su nombre de él.
En la frontera entre Lang'ata y Kibera, Mophat Minishi trabaja media acre de tierra con los 30 miembros de Penda Mama Earth. Transforman residuos plásticos en recipientes de cultivo, siembran plantas nativas y caupí, la legumbre que en Kenia se come como verdura con el nombre de kunde. El caupí fija el nitrógeno del aire en el suelo, y por eso se da bien en parcelas pequeñas de tierra pobre. Minishi cuenta que las abejas han vuelto a polinizar el terreno.
El grupo tiene una tienda de hierbas medicinales que atiende a más de cien clientes por semana. Una vez al mes recibe a más de cincuenta familias en visitas de educación ambiental, y ha organizado jornadas de limpieza en el barrio. Minishi fue nombrado hace poco coordinador de ecoturismo de la Family Forest Association. Desde 2025, la organización china Impact Steps, que dirige Molly Yang, colabora con el grupo.
La fe también tiene su lugar. Los sábados, Ras Ng'ang'a Njuguna dirige el culto en el templo rastafari de Makina, en el corazón de Kibera. Para muchos de estos jóvenes, la discriminación sigue cerrándoles puertas en el mercado laboral. Los rastafaris kenianos han llevado sus rastas ante los tribunales: en 2019, el Tribunal Superior de Nairobi ordenó a Olympic High School, una escuela pública de Kibera, admitir a un estudiante rastafari que las llevaba.
Las dificultades no han desaparecido. El agua escasea y en la estación seca las fuentes se agotan, así que el grupo tiene que comprarla para regar. En los asentamientos informales de Nairobi, muchos hogares sin conexión a la red la compran por bidones de veinte litros, y cada litro les sale a menudo más caro que el agua corriente de los barrios acomodados. El dinero también es escaso.
Aun así, cada semana Ndeda vuelve a sus envases, riega la hierba limón y vende una planta más a un vecino.