Para Sebastián Di Martino, director de conservación de Rewilding Argentina, la llegada de este macho de dos años y medio representa el cierre de un círculo que comenzó con una ausencia. Desde que el último ejemplar de Pteronura brasiliensis desapareció de los registros nacionales a mediados de los años ochenta, los ríos del noreste argentino perdieron a su arquitecto más voraz. Nanay, nacido en el Parken Zoo de Eskilstuna, ha dejado atrás el cautiverio nórdico para integrarse en un ecosistema de 756.000 hectáreas donde su especie debe volver a ejercer como el principal depredador acuático.
La tarea no es sencilla. El animal debe aprender ahora lo que sus instintos le dictan pero su biografía le ha negado: la caza en aguas turbias. Aquí entra en juego la paciencia de hombres como Mario, encargado de entrenar a estos animales en el manejo de presas vivas. En recintos de presuelta, las nutrias recuperan la destreza necesaria para capturar los peces que constituirán su dieta diaria, un paso previo indispensable antes de su liberación definitiva en las lagunas del Gran Parque Iberá.
El proyecto, que hunde sus raíces en la visión de Douglas y Kristine Tompkins, se apoya en una red internacional de cooperación. Nanay se une a una pequeña familia ya establecida —Nima, Coco y sus crías—, formando un núcleo poblacional que busca restaurar el equilibrio perdido. Al regular las poblaciones de carpinchos y caimanes, la nutria gigante devuelve una jerarquía natural a las aguas, permitiendo que la biodiversidad florezca en una estructura orgánica y no meramente accidental.
Cada individuo de esta especie porta una señal única, una suerte de grafía natural: una mancha blanca en la garganta cuyo dibujo es irrepetible, tan personal como una huella dactilar humana. Es a través de estos trazos como los investigadores identifican a Nanay mientras asoma la cabeza sobre la superficie, un gesto de curiosidad que confirma que, tras años de silencio, el lobo de garganta blanca ha vuelto a casa.