Estos médicos, conocidos como los médecins du Mahjer o doctores de la diáspora, han respondido a una llamada silenciosa pero urgente. En Argelia, la estructura familiar tradicional siempre ha sido el refugio natural para los mayores; el hogar es el hospital y los hijos son los enfermeros. Sin embargo, el tiempo ha seguido su curso inexorable. Desde aquel 1962 en que la esperanza de vida apenas rozaba los 46 años, el país ha visto cómo la medicina y la paz extendían la existencia de sus ciudadanos hasta superar los 76 años.

La reunión en el CHU de Blida marca un cambio de sensibilidad. No se trata solo de tratar la enfermedad, sino de entender el declive del cuerpo con la dignidad que merece. Los especialistas en medicina física y rehabilitación, junto a sus colegas llegados del extranjero, han comenzado a diseñar un plan nacional que saque a la geriatría de la periferia de los hospitales para convertirla en una disciplina con nombre y espacio propios.

El gesto de estos profesionales tiene un peso humano profundo. Al poner su experiencia acumulada en sistemas de salud extranjeros al servicio de su tierra, cierran un círculo de gratitud. Muchos de estos médicos se formaron en las facultades argelinas antes de emigrar; ahora, regresan para enseñar cómo cuidar a una generación que ya no solo padece dolencias agudas, sino que requiere la paciencia de los cuidados crónicos y la comprensión de la fragilidad ósea o la memoria que se desvanece.

En un rincón de la sala de conferencias, un médico veterano observa los esquemas de trabajo sobre la mesa. Sabe que la tarjeta Chifa, que hoy permite a los ancianos obtener sus medicamentos en la farmacia local, es solo una herramienta técnica. El verdadero avance es este: el reconocimiento de que la vejez no es un trámite hacia el final, sino una etapa de la vida que Argelia, con la ayuda de sus hijos que partieron, está finalmente dispuesta a proteger.