No los encontró por casualidad. Hacía unos cuatro años que ella y su familia recorrían St Andrews Beach, en South Canterbury, desde que supieron que en la zona habían aparecido una huella y huesos de moa. Durante ese tiempo aprendió a distinguir lo que buscaba: la porosidad del hueso, tan distinta de la madera que arrastra el agua, y un desgaste que no se parece al de los huesos de vaca o de oveja.

Los hallazgos siguieron en paseos sucesivos. Los expertos del Museo de South Canterbury confirmaron que pertenecían al moa. La familia ha reunido ya cerca de medio cubo de fragmentos, y algunas piezas son grandes y están enteras, algo que Yates no esperaba.

Ahora los huesos están en remojo en la cocina familiar. Los limpian solo con agua, en sesiones de una hora, todos juntos, para imitar el lavado lento que el mar habría hecho en la playa. Es un trabajo paciente, hecho en casa, sobre restos de un animal que nadie ha visto vivo.

El director del museo, Philip Howe, estima que el yacimiento data de hace entre 75.000 y 120.000 años. Esos huesos pertenecen, por tanto, al Pleistoceno tardío, mucho antes de que ningún ser humano pisara Nueva Zelanda. Cuando llegaron los primeros colonos polinesios, hacia el año 1300, los moa todavía vivían en las islas. Siglo y medio después ya no quedaba ninguno.

Eran aves extrañas incluso entre las que no vuelan. No tenían ningún hueso de ala, ni siquiera los restos diminutos que conservan el kiwi o el emú. Y su historia científica empezó también con un fragmento: en 1839, el anatomista británico Richard Owen dedujo en Londres, a partir de un único trozo de fémur, que en Nueva Zelanda había vivido una gran ave extinta.

Un fragmento de hueso del pie hallado por los Yates servirá ahora para crear un modelo digital del moa a tamaño real, que los visitantes del museo podrán ver. Las piezas más claras irán a la colección. La familia quizá conserve algunos huesos grandes para intentar reconstruirlos, y los fragmentos más pequeños acabarán en frascos de muestras para la guardería y la escuela de su hija.

La región ya conoce este tipo de hallazgos. En 2022, en la vecina Pareora, aparecieron las primeras huellas de moa de Canterbury, y sus réplicas impresas en 3D están hoy en un parque infantil de Caroline Bay.

El paleontólogo Hamish Campbell está convencido de que aparecerán más restos. «Mucha gente no sabe sobre qué está caminando», dice.