Todo lo que se sabía hasta ahora sobre cómo enterraban los chimú a sus poderosos venía de plataformas saqueadas, de colecciones privadas, de piezas que llegaron a los museos sin memoria de dónde habían salido. Objetos sin contexto. Meneses lo resume sin dramatismo: el conocimiento existía, pero flotaba.

Aquí el contexto está entero. Armas de metal, piezas de cobre y de oro, joyas, textiles de colores y cerca de doscientas vasijas de cerámica negra con pigmento rojo. Varios restos conservan una coloración roja que los investigadores sospechan que podría ser cinabrio; el laboratorio tendrá que decirlo. La comparación más cercana en la costa norte es la Señora de Cao, la momia moche hallada en El Brujo, a unos sesenta kilómetros de Trujillo, cuyo polvo rojo fue identificado como sulfuro de mercurio. El cinabrio no tiene fuente conocida en la costa peruana: el yacimiento más próximo está en Huancavelica, en la sierra central, a más de seiscientos kilómetros.

El personaje principal yacía completamente extendido. Los chimú solían enterrar a los suyos flexionados o sentados, y sus huesos muestran señales de haber sido movidos después del entierro. Meneses recuerda una práctica andina conocida: la gente movía a sus momias, las sacaba, las acompañaba, las devolvía. La postura, entonces, podría no ser la original sino el resultado de manos que volvieron años después.

Gabriel Prieto, antropólogo de la Universidad de Florida, que dirigió las excavaciones del sitio sacrificial de Huanchaquito-Las Llamas en el mismo valle, lo llamó el hallazgo de la década. Es la primera vez, dijo, que los arqueólogos pueden ver un entierro de élite chimú tal como fue dispuesto.

Chan Chan fue la capital de Chimor desde alrededor del año 850, y bajo Minchancaman el reino se extendió unos 1.300 kilómetros de costa, hasta que Topa Inca Yupanqui lo venció hacia 1470 y se llevó al soberano a Cusco. La ciudad entró en la lista del Patrimonio Mundial en 1986 y, ese mismo año, en la de patrimonio en peligro. La amenaza es el agua: las lluvias de El Niño disuelven el adobe.

Por eso el calendario aprieta. El análisis de laboratorio está previsto antes de que empiecen las lluvias, en noviembre.