El sapoconcho, como se conoce en Galicia a la Emys orbicularis, es una criatura de una paciencia geológica. Su caparazón oscuro, salpicado de pequeñas motas amarillas que parecen estrellas capturadas en el barro, es el símbolo de un ecosistema que estuvo a punto de enmudecer. Antes de que las máquinas iniciaran la retirada de la vegetación invasora y la limpieza de los sedimentos, estos ocho ejemplares fueron retirados con cuidado, puestos a salvo de la actividad humana para que pudieran regresar a un hogar transformado.
El alcalde Alejandro Lorenzo y los niños de la zona observaron cómo los galápagos buscaban instintivamente las zonas de sol y la vegetación acuática. No es un regreso menor: la especie está catalogada como en peligro de extinción en la comunidad y su presencia es el termómetro más preciso de la salud de un humedal. Si el sapoconcho acepta quedarse, significa que el agua vuelve a ser el caldo de cultivo de la vida que una vez fue.
Este rincón de la cuenca del río Louro posee una memoria que se extiende mucho más allá de los registros administrativos. Bajo el lodo donde ahora nadan los galápagos, las excavaciones de mediados del siglo pasado revelaron herramientas de piedra del Paleolítico Inferior, prueba de que el ser humano y la fauna acuática han compartido este margen del Miño desde hace milenios. La intervención actual, cofinanciada con fondos europeos, busca precisamente eso: devolver al lugar la estabilidad necesaria para que el ánade friso y otras aves acuáticas vuelvan a anidar entre los juncos.
La reintroducción no termina aquí. La Xunta de Galicia ha previsto que otros ejemplares, que aguardan en centros de recuperación, se sumen progresivamente a esta pequeña colonia pionera. El objetivo es que el sapoconcho deje de ser un visitante custodiado para volver a ser el dueño silencioso de estas aguas sombrías.