La costumbre se llama ofrecer el kafan, el sudario, y en el Alto Egipto todos entienden lo que significa sin necesidad de explicación. Quien lo entrega declara que ya no tiene nada que defender: pone su vida en manos del otro y acepta de antemano lo que decidan con ella. Es la forma más completa de sumisión que conoce la tradición local, y precisamente por eso es también la única que permite pedir un perdón total.
La familia Al-Genadi tomó la mortaja. Después, delante de la multitud, ambas partes se comprometieron públicamente a no continuar la enemistad. Junto a ellos estaba el director de Seguridad de Beni Suef, el teniente general Emad Barakat, y con él religiosos de Al-Azhar, de la Iglesia copta y del Ministerio de Dotaciones Religiosas, que habían mediado durante el acuerdo. La prensa egipcia, siguiendo la costumbre en estos casos, no publicó los nombres propios de los implicados: solo los de las familias y los pueblos.
Lo que la ceremonia puede y no puede deshacer
Samasta es el distrito más meridional de Beni Suef, en la orilla oeste del Nilo, en la frontera con Minya. Es tierra agrícola, y allí los pleitos que terminan en sangre suelen empezar por lindes de parcelas, por el turno del agua de riego o por una herencia mal repartida. Las venganzas desplazan a familias enteras: los más débiles abandonan el pueblo durante años, dejan la casa y los campos, matriculan a los hijos en otra escuela. Por eso los acuerdos escritos de reconciliación suelen incluir una cláusula que fija cuándo pueden volver. Ese regreso, más que la ceremonia, es lo que de verdad termina una venganza.
El acuerdo no borra nada ante el Estado. En Egipto el homicidio se persigue como delito contra la sociedad, de modo que la Fiscalía mantiene abierto el expediente después de que el sudario cambie de manos. Los funcionarios y los clérigos que asisten no conceden ningún perdón legal: están allí como testigos y como garantes de que lo pactado se cumpla. Lo que las dos familias decidieron en la plaza no afecta a los tribunales; afecta a si alguien más va a morir.
Los consejos consuetudinarios de reconciliación funcionan siempre igual: árbitros de familias ajenas al conflicto escuchan a las dos partes, fijan las condiciones y las anotan en un documento firmado por testigos de cada lado. Suele haber una indemnización acordada, a veces límites sobre dónde puede vivir o cultivar la familia responsable. Y al final, casi siempre, una comida compartida en público, porque solo comiendo juntos delante de todos queda claro que el pacto fue aceptado.
En Samasta quedó claro con una tela blanca que nadie llegó a usar.
Quien ofrece el sudario declara que ya no tiene nada que defender.