Lo que hallaron bajo el polvo de erupciones milenarias es un inventario de la vida antes de que el aislamiento geográfico dictara sus normas definitivas. El equipo, en el que también participa Paul Scofield del Museo de Canterbury, recuperó restos de doce especies de aves y cuatro de ranas. Entre ellos destaca el Strigops insulaborealis, un pariente antiguo del actual kākāpō. A diferencia de su descendiente moderno, que hoy camina pesadamente por el suelo de los bosques, este loro ancestral presentaba una estructura ósea en sus patas que sugiere que aún podía sostenerse en el aire.
La precisión del hallazgo se debe a la propia violencia de la tierra. Los fósiles quedaron protegidos en un estrato perfecto, sellado por una capa de ceniza de hace 1,55 millones de años y otra superior de una gran erupción ocurrida hace 1 millón de años. Estas cenizas, procedentes de la zona volcánica de Taupō, han permitido a los investigadores datar con exactitud una época de la que apenas se conservaban registros en la Isla Norte.
La colección también incluye un ancestro del takahē y una paloma extinta, pariente cercana de las palomas bronceadas australianas, lo que dibuja un paisaje donde las especies aún mantenían vínculos físicos con el continente vecino. Los restos de estas criaturas, que una vez poblaron un archipiélago sacudido por supervolcanes y cambios climáticos, serán trasladados para su custodia definitiva al Museo de Waitomo.
En este rincón de la granja de Te Anga Road, la ciencia ha logrado rescatar la imagen de un mundo que se transformaba mucho antes de la llegada del primer ser humano. Allí, donde Worthy identificó por primera vez cáscaras de huevo de moa en la década de los ochenta, el subsuelo ha terminado por entregar el testimonio de una libertad alada que el kākāpō, con el paso de los milenios, decidió cambiar por la quietud de la tierra.