Lo que ocurre después es que las crías no se van. Cuando salen del nido, se quedan con sus padres durante casi un mes. Según Fayaz, es un comportamiento que rara vez se ha documentado en esta especie. El dato parece pequeño, pero en un ave de la que se sabe tan poco, cada semana observada llena un hueco.

La investigación la dirige Khursheed Ahmad, profesor de la División de Ciencias de la Fauna Silvestre de la misma universidad, que estudia qué tipo de bosque prefiere el pájaro. Es un ave de unos trece centímetros. El macho tiene la garganta y el pecho de un naranja intenso que contrasta con la cabeza y el dorso oscuros. La hembra es mucho más discreta, con un tono rosado en la parte inferior. Durante décadas se lo consideró una subespecie del papamoscas papirrojo, su pariente más cercano. Hoy es una especie propia.

Hay algo en su conducta que se repite a miles de kilómetros de distancia. El biólogo Shashank Dalvi ha visto a los mismos individuos ocupar exactamente los mismos territorios en Cachemira año tras año. En sus zonas de invernada, en las colinas del centro de Sri Lanka, cada ave defiende su propio territorio y vuelve cada día al mismo lugar. Uno de los sitios conocidos para verlo es Victoria Park, en Nuwara Eliya.

Entre un extremo y otro del viaje, sin embargo, casi todo es desconocido. Cada año el pájaro deja Cachemira hacia septiembre y pasa el invierno en los Ghats Occidentales, en Sri Lanka o en los alrededores de Ooty, en el sur de la India. El ecólogo Ashwin Viswanathan, de Bird Count India, reconoce que sus rutas migratorias y los lugares donde se detiene a descansar siguen siendo en gran parte un misterio.

Esa ignorancia tiene consecuencias. La Lista Roja de la UICN clasifica al papamoscas de Cachemira como vulnerable. Su área de cría, repartida entre los lados indio y pakistaní de la región, está muy fragmentada por la tala comercial, el avance de los cultivos y el pastoreo. Intesar Suhail, guarda de fauna silvestre del norte de Cachemira, pide estudios más detallados sobre cómo puede estar cambiando su ecología reproductiva con el tiempo.

Los investigadores señalan un dato a favor del pájaro: alcanza pronto la madurez reproductiva, lo que podría permitir que su población crezca de forma visible en el futuro. Para eso hará falta que el bosque siga en pie, y que alguien siga subiendo a mirar.