Como tercera Tumu o directora en la historia de la institución, Bennett sostiene una responsabilidad que excede la mera técnica manual. Su puesto es el último eslabón de una genealogía de mujeres que comenzó con Emily Schuster en 1967 y continuó con Edna Pahewa, quien guio el aprendizaje de las fibras durante casi dos décadas. En este espacio, el tejido del harakeke no es solo un oficio, sino una forma de lenguaje donde cada nudo custodia una historia ancestral.
El proceso comienza mucho antes de que las manos toquen el bastidor. Los estudiantes, seleccionados entre las comunidades iwi con el compromiso de regresar a sus hogares, deben aprender el ciclo de vida de la planta. Utilizan un kuku —un caracol de mar afilado— para extraer el muka, la fibra interior del lino, respetando el corazón del arbusto para asegurar su crecimiento continuo. Es un ejercicio de paciencia donde la naturaleza dicta los tiempos de la creación.
La geografía del valle también participa en la obra. Los estudiantes aprovechan las fuentes de agua caliente naturales, conocidas como ngāwhā, para hervir y suavizar las fibras. Para lograr el negro profundo de las capas ceremoniales, sumergen el material en el paru, un lodo rico en hierro que descansa en los pantanos locales, dejando que la química de la tierra penetre en el corazón del lino durante un día entero.
Al final del ciclo, los pocos alumnos que logran completar los dos años de estudio regresan a sus tribus. No llevan consigo solo una técnica de manufactura, sino la capacidad de reconstruir los marae, los centros de la vida comunitaria maorí. Al entregar sus piezas finales a la colección permanente, el círculo iniciado por Schuster hace décadas se cierra, asegurando que el conocimiento no se desvanezca en la abstracción, sino que permanezca vivo en el roce áspero de la fibra contra la piel.