El terremoto tuvo su epicentro en Ighil, un municipio rural de la provincia de Al Haouz, unos 70 kilómetros al suroeste de Marrakech. Murieron 2.960 personas y hubo 5.674 heridos. Decenas de miles de casas se derrumbaron en las aldeas del Alto Atlas, muchas de ellas construidas con la misma tierra y la misma piedra que Naji se niega a abandonar.

Esa negativa tiene detrás casi veinticinco años de trabajo. Naji estudió arquitectura en París, se doctoró en antropología y fundó su estudio en Marruecos en 2004. Vive en Tiznit desde 2008. Por encargo del Ministerio del Interior restauró dos graneros colectivos, los igoudar de Amtoudi, y rehabilitó el ksar de Assa. En esas obras enseñó a albañiles del lugar y a peones sin oficio a trabajar la tierra y la piedra como lo habían hecho sus abuelos.

Desde el sismo ha participado en la reconstrucción de varias aldeas y de una escuela en la región de Marrakech. La idea es siempre la misma: la técnica ancestral no es el problema, sino algo que hay que completar. Bah aporta el cálculo y el refuerzo antisísmico; el tapial sigue siendo el material de la región.

El Estado anunció 140.000 dirhams por cada vivienda derrumbada y 80.000 por cada una dañada en parte, además de una ayuda mensual de 2.500 dirhams para los hogares afectados. Con ese dinero, muchas familias podían elegir cómo volver a construir. Para Naji esa elección importa, porque en ella se decide también si un modo de habitar la montaña sigue existiendo.

El patrimonio también sufrió. En el valle del Nfis, la Gran Mezquita de Tinmel, del siglo XII, llevaba dieciocho meses de restauración cuando se derrumbaron partes de sus cúpulas y pilares. Quince vecinos del pueblo murieron. Hoy los obreros separan y guardan uno a uno los ladrillos originales y los fragmentos decorativos.

Este mes, en París, el Institut du Monde Arabe concedió a Naji el Gran Premio de sus Design Awards por el Centro de Interpretación del Patrimonio de Tiznit. Lo construyó por completo en tapial, dentro de las murallas de la ciudad, que datan de 1810, y lo cubrió con tataoui, un techo tradicional de cañas o ramas entretejidas.

Mientras tanto, en Ourika, la tierra sigue apisonándose capa a capa para las familias que esperan volver a casa.

No se trata solo de reconstruir, sino también de preservar un tejido social y un saber colectivo.