Ingram, miembro de la Nación Navajo, dirige el departamento de química y bioquímica de la universidad y lleva años recorriendo la reserva con sus estudiantes, tomando muestras de pozos. Es un trabajo que depende de la confianza: los análisis se han hecho en colaboración con los líderes de los capítulos navajos, comunidad por comunidad, durante años.

El problema tiene una raíz antigua. Cientos de minas de uranio abandonadas de la era de la Guerra Fría quedaron dentro y alrededor de la reserva, y sus residuos filtraron el mineral hacia el subsuelo. Los sistemas públicos que administra la Navajo Tribal Utility Authority se controlan bajo la ley federal de agua potable. Los pozos privados, los que se cavaron para el ganado o para la casa, no. Nadie está obligado a analizarlos, y por eso el conocimiento ha dependido de universidades y de vecinos organizados.

En algunos de esos pozos los investigadores han medido uranio por encima de 30 partes por mil millones, el límite que fija la agencia ambiental estadounidense. La exposición prolongada se ha vinculado con enfermedad renal y cáncer de hueso entre los residentes.

El mapa que construyó su equipo traduce todo eso a algo que se puede consultar antes de llenar los barriles. Los puntos amarillos señalan los surtidores de pago de la empresa tribal; los azules y rojos, las fuentes gratuitas financiadas con fondos federales en las casas de capítulo, con su estado de seguridad a la vista. Una familia ya no tiene que confiar en el pozo más próximo simplemente porque es el más próximo.

Ingram no presenta el mapa como una solución. Saber cuál es el agua buena y poder llegar hasta ella son dos cosas distintas, y las fuentes seguras suelen estar más lejos. En comunidades como Cameron, Leupp o Tuba City, acarrear agua significa cargar bidones de 200 litros en la caja de una camioneta y recorrer decenas de kilómetros de ida y vuelta, con la misma agua sirviendo para la casa y para los animales.

Lo que el mapa cambia es el margen de decisión. Antes había que elegir a ciegas. Ahora se elige sabiendo, y esa diferencia —modesta, medida en partes por mil millones— la puso ahí un laboratorio universitario que se tomó en serio la muestra de una sola familia.